¿Déjà vu?

Me encuentro de visita en el norte de Italia, sentada en una banca a las orillas del enorme Lago de Garda, cabeza gacha, observando la pantalla de mi teléfono mientras busco en el mapa lugares interesantes para visitar los próximos días. TripAdvisor no es de mucha ayuda esta vez, abro el mapa de la región y empiezo a escudriñarlo, tengo ganas de ver castillos medievales, palacios, columnas romanas ¡estoy en Italia! Esto no debe de ser difícil. El sol comenzó a bajar y el aire fresco del lago a enfriar mis piernas, decidí caminar de regreso al hotel y seguir mi búsqueda allí. Estoy en un pequeño pueblo de la región de Lombardía, en esta época del año parece más un pueblo fantasma, en prácticamente todos los restaurantes, cafés, hoteles, se lee un anuncio que indica que la temporada vacacional ha terminado y que cerrarán sus puertas a partir del 2 o del 4 de octubre y hoy es el día 11 del mismo mes, por lo que no se ve un alma caminando por las pequeñas calles de este pintoresco pueblo. 

Voy caminando y observando las bellas y grandes casas en el camino, tienen enormes jardines, áreas recreativas, asadores y las más espectaculares se encuentran a la orilla de este bello lago italiano. 

Seguí mi búsqueda, puse algunas marcas en mi mapa con la intención de buscar más información sobre esos lugares, llamó mi atención una larga península que entra hacia el lago, acerqué la vista, agrandé el mapa, un poco más y entonces puse el indicador para agregarla a mi ruta, sinceramente no tengo grandes expectativas, pero geográficamente es llamativa por la forma en que se adentra al lago. Vi un par de fotografías en el navegador y llama cada vez más la atención, al parecer tiene unas ruinas muy antiguas, además de un castillo y está a tan solo 25 minutos del pueblo en el que me encuentro, voy marcando todas mis casillas de requisitos mentales y decido que la visitaré mañana por la mañana. 

Me levanté muy temprano, adormilada y emocionada por la aventura que me espera, también un poco nerviosa porque debo de confesar que los sistemas de navegación y yo no hacemos buena pareja, pero estoy convencida de que encontraré el lugar. Bebo un café, leo las noticias mientras como un cruasán relleno de chocolate convenciéndome a mí misma de que llegaré a mi destino sin accidentes y sin ataques de pánico. 

Ahora me subiré a la camioneta y conduciré mientras escucho la robótica voz de una mujer que, intenta, amablemente, darme las indicaciones necesarias para que mi aventura sea placentera y no una bola de nervios, no estoy segura de que lo consiga. Activo el sistema, ingreso el nombre de este bello pueblo -según el internet- y presiono “iniciar la ruta”

Creo que estoy sudando un poco más de lo normal, hay muchas personas transportándose en bicicleta, tengo que estar atenta a la calle y a la robótica mujer que me indica el camino, me siento nerviosa pero decidida. Después de unos 20 minutos y más de 12 glorietas, logré tomar la calle principal de Sirmione, tal como lo escribe un letrero que me da la bienvenida, conforme avanzo sobre esta avenida rodeada de bellos árboles y muchas flores, la calle se va haciendo un poco más estrecha, ¿es realmente así? No, es sólo una ilusión óptica generada por el hecho de que a los lados me rodea el lago, es decir, miro hacia la derecha y veo la enormidad y movimiento del agua, giro la cabeza a la izquierda y lo mismo. Es una vista bastante inusual para alguien como yo que viene del desierto, sigo avanzando con la intención de llegar a un aparcamiento que marca el sistema de navegación, he llegado, tomo mi boleto y me dispongo a dejar aquí la camioneta por el resto del día. Me bajé sintiéndome una triunfadora, el segundo gran logro del día: no haberle gritado desesperada a la dama del sistema de navegación. 

Empecé a caminar por esta linda y moderna calle, no muy impresionada pero sí complacida por la belleza del lugar, agua, agua y más agua, flores, árboles, tiendas de recuerdos, restaurantes, pequeños parques a la orilla del lago y una cantidad decente de personas recorriendo, como yo, este lugar. 

A lo lejos, alcanzo a ver como se levanta la imagen de lo que parece un castillo medieval, conforme me acerco va tomando mejor forma, puedo ver sus dos torres y su puente levadizo en el centro, dejando correr por debajo las cristalinas aguas del lago. Estoy sintiendo algo extraño, vienen algunas imágenes a mi cabeza, ¿estoy teniendo un déjà vu? De una extraña manera puedo asegurar que ya he estado aquí, es más, puedo describir con detalle lo que hay detrás de esas murallas, me sigo acercando y cuando pongo el primer paso sobre el puente lo recuerdo con claridad, ¡ya he estado aquí antes! Tengo una foto exactamente sobre este puente a la derecha, llevo una blusa sin mangas de color verde. Ok, me siento un poco confundida y a la vez emocionada, ¿cómo es posible que no recuerde el nombre de esta ciudad, que no me haya sonado familiar? Calculo mentalmente los años que han transcurrido desde que estuve aquí la última vez mientras me quedo estática en el mismo lugar en el que me tomé una foto hace… ¿13, 15 años? ¿estoy empezando a perder la memoria? Creo que sonrío estúpidamente, estoy sola en este momento y no tengo a nadie a quien contarle lo que acaba de ocurrir, mientras camino hacia el otro lado de la muralla a través de sus dos altas y antiguas torres, empiezo a recordar más y más detalles, los lugares donde me fotografié, el lugar donde comí, las muchas e increíblemente surtidas heladerías que hay allí dentro y sigo calculando los años que han pasado sin éxito. 

Es curioso, me siento en terreno conocido, sé hacia donde caminar y lo que me encontraré, estoy un tanto emocionada y a la vez sorprendida, pero sobretodo, estoy dispuesta a pasar el mejor de los días, no sola, conmigo.

Detrás de esa gran muralla se abren tres líneas de callejones cubiertos de edificaciones medievales, coloridas flores cuelgan sobre sus ventanas y recuerdo como más adelante, pasando un pequeño túnel, está un edificio cubierto de flores en el que recuerdo con exactitud haberme tomado también una fotografía mientras disfrutaba de un helado, el sabor no lo tengo en mente, pero tampoco intento ser tan exigente conmigo misma. 

Los angostos callejones recorren la península a lo largo mientras que a sus lados se observa la magnitud del Lago de Garda, sigo uno de estos empedrados, observando los cientos de comercios que abren sus puertas, están en las plantas bajas de edificios antiguos que datan del siglo XV, algunos, con la estructura de madera expuesta enriqueciendo aún más la vista. Al terminar el callejón me adentro en un enorme parque, corre el fresco y agradable aire, los follajes se mueven, las personas caminan con deliciosos conos con helado en las manos, experimento una sensación idílica, sin saber lo que todavía esta por venir. 

Conforme avanzo, me doy cuenta de que varias de las viviendas tienen placas que recuerdan a personas famosas, intelectuales, literatos que habitaron en ellas, llama mi atención una bella edificación de color amarillo, en la placa narra el nombre de María Callas, quien al parecer vivió allí por varios años, se dice que algunos de los más productivos de su carrera. El parque continúa extendiéndose, hay muchos árboles, tomo un pequeño sendero marcado por un letrero típico de indicaciones para turistas de color café, y llego a una pequeña pero antiquísima iglesia, Santa Maria della Neve lleva por nombre, tiene frescos sobre sus paredes y una enorme campana rodeada de flores sirve como recibidor en la plaza externa a la pequeña iglesia. 

Sigo andando con la convicción de llegar a la zona arqueológica que he visto un día antes en internet y que promete unas ruinas romanas con vistas espectaculares al lago, esto ya es terreno desconocido para mi, en mi estancia última en este bello pueblo no había llegado hasta aquí, así que voy aún más entusiasmada. Todo el camino se extiende sobre un empedrado y a sus lados hay una gran cantidad de alojamientos para vacacionistas, hoteles tradicionales, tipo boutique, Airbnb, condominios, de gran lujo, algunos de estilo ochentero y los menos llamativos de los años noventas. He llegado por fin a la entrada de la zona arqueológica, no hay que olvidar que seguimos en medio de una pandemia, antes de ingresar, con mascarilla cubriendo mi boca y nariz a pesar de estar al aire libre, debo mostrar mi certificado COVID, en mi caso el comprobante de vacunación y mi pasaporte, el hombre que controla esta información, de edad entre los 55 o 60 años mira mi identificación con un brillo especial en los ojos y me dice: “México” “Pancho Villa”, sonriente mientras corrobora mi nombre con el del certificado, me pregunta muy entusiasmado si he viajado desde México para visitar Sirmione y puedo ver en su rostro la desilusión al decirle que vivo en Suiza, su sonrisa se tornó en sólo amable y me dio el acceso a la zona arqueológica deseándome que la disfrute. 

Ahora mis pasos recorren una enorme extensión de tierra repleta de árboles de olivo, hay miles de ellos, la mayoría con aceitunas negras colgando de sus ramas, ¿debería probar una? Tal vez más adelante. Estas ruinas romanas datan del siglo I antes de Cristo, empiezo nuevamente a calcular los años que han estado expuestas y trato de imaginar como lucieron en sus años más gloriosos, algunas ilustraciones me ayudan y entiendo que lo que hoy veo como restos de miles de tabiques fueron en algún momento edificaciones sumamente elegantes y coloridas, se trata de una villa en la que se llevaban a cabo grandes fiestas para los más adinerados de la región. Es bastante impresionante la vista desde este lugar, levantado en la parte más alta de la península, se alcanza a ver la enormidad del lago, agua azul, embarcaciones a la lejanía, muchas otras ciudades italianas a sus orillas, es verdaderamente bello. Las columnas se erigen con gran altura y precisión, la ingeniería que se ha tenido que utilizar para que sigan en pie después de un poco más de dos mil años es abrumadora. Tomo fotos, muchas, quiero guardar estas imágenes no sólo en mi poco confiable memoria, me pregunto si me podría volver a pasar lo mismo y olvidaré esto que estoy viviendo, espero que no. Me enfoco, me siento presente, enfocada en el ahora y tratando de resguardar muy bien en mi mente estas imágenes que pronto serán recuerdos. 

La villa contaba con grande baños termales y de aguas frías para sus invitados, grandes salones de fiestas y recibidores espectaculares con pisos formados por miles de pequeñas piezas de mármol blancas y negras, algunas de las cuales han sido recuperadas y que se pueden apreciar a simple vista, sigo recorriendo las ruinas entusiasmada y sorprendida por su gran arquitectura romana, los millones de tabiques que se unieron para lograr esta gran pieza con escalinatas enormes y muy elevadas, arcos perfectos invitando a pasar por debajo de ellos y una historia guardada entre sus muros que me es aún difícil de asimilar. 

Un par de amables mujeres italianas me hicieron el favor de tomarme una foto para el recuerdo, yo hice lo mismo por ellas y así termino mi recorrido por esta majestuosa villa pero no por la bella península. Caminé de vuelta al pueblecito para buscar un lugar acogedor donde comer, encontré un pequeño restaurante de cocina regional justo frente al castillo donde ordené pasta a la arrabiata y una copa de vino blanco para celebrar el día, con esa vista y esa comida frente a mí pienso en lo afortunada que soy y al mismo tiempo en las barreras de temor que tuve que romper en este pequeño viaje. Desde que me mudé a Suiza perdí mucha de la seguridad que tenía, me siento fuera de lugar y vulnerable, todos los días son un reto y pensándolo bien me doy cuenta de que en el fondo sigo siendo la misma, sólo un poco más temerosa de ser quien realmente soy en un lugar ajeno al mío. 

Terminé mi copa de vino y me dirijo ahora a una de las muchas heladerías tradicionales que ofrecen más de 30 diferentes sabores, voy a lo seguro, como últimamente, y pido un cono de pistache para no arriesgar demasiado, ahora estoy sentada en una banca al lado del castillo disfrutando del sol y de las vistas al lago, pensando en lo mucho que me gusta pasar tiempo conmigo misma y de lo enriquecedor que puede ser si sé aprovecharlo.

Hace un par de semanas mi terapeuta me preguntó: ¿Qué harías si te dieras la oportunidad de escuchar con más frecuencia a la Karina aventurera que eres y que piensas que has perdido? Definitivamente esta es la respuesta, emprendería viajes, probaría nuevos platos, platicaría amablemente conmigo y trataría de no juzgarme tan severamente. 

El helado de pistache estaba bueno, sorprendentemente -para mí- pensé que la próxima vez pediré algo más exótico.

Caminé de vuelta al aparcamiento para recoger la camioneta, conduzco de vuelta al hotel mientras me siento una triunfadora, pienso: ¿qué me hace sentir así? Y llegué a un par de conclusiones, por algunos días me sentí la Karina de antes, la que tenía confianza en sí misma, la que se sentía segura, independiente, fuerte, olvidé a la Karina vulnerable que no encaja, me di cuenta que sigue allí, que sólo es cuestión de escucharla.

Las pequeñas aventuras continuaron por un par de días mientras me sentía cada vez más segura de moverme yo sola en un país desconocido, los señalamientos de tráfico europeos me dan cada vez menos miedo y la belleza que pude apreciar lo vale todo. 

Por las noches, después de que mi marido terminaba de trabajar -razón por la que nos encontramos en el norte de Italia- salíamos a cenar y le cuento emocionada sobre mis aventuras mientras él -una vez más- trata de convencerme de que soy capaz de hacerlo, que no debo de tener miedo. Tal vez no he dado los enormes pasos que él me proponía, como llegar a Venecia, sin embargo, estoy convencida de que tengo que dar mis propios pasos, ganar mis propias batallas, asegurándome de no exigirme demasiado para no terminar sobrepasada, cada día recorrí una distancia cada vez mayor en mis paseos, no llegué hasta Venecia, pero llegué al lugar donde me sentía cómoda y eso me es suficiente. 

Esta soy yo, enfrentando mis miedos, sigo pidiendo helado de pistache pero puedo decir orgullosamente que lo he hecho en Italia.


Nota: Al regresar a casa busqué entre mis fotografías aquellas que me había tomado en ese lugar para descubrir que fue en el año 2008, les comparto algunas de entonces y de ahora. 















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